viernes, 11 de enero de 2013



LA DIGNIDAD DE LA PERSONA.
Era no hace mucho tiempo en un colegio de la localidad de Burgos, asistía un niño llamado Pedro.
 Era alto, de pelo castaño  y muy inteligente. Se comportaba de forma amigable con todos sus compañeros, aunque ellos no le prestaban atención y no querían jugar con él porque era invidente.
Un día hubo una fuerte tormenta, se oscureció el cielo y se fue la luz de todo el edificio. Ellos estaban en el gimnasio que estaba situado en el sótano de  un enorme y antiguo edificio. Allí se quedaron aislados y paralizados por el miedo, chillaban y no encontraban la salida.
De repente, Pedro les dijo que se tranquilizaran que él estaba acostumbrado a caminar en la oscuridad y que podía guiarles por el camino correcto hasta la salida.
Gracias a él todos los niños consiguieron salir sin dificultades siquiendo las indicaciones de ahora su buen amigo Pedro.
A partir de este momento descubrieron que la dignidad de la persona no depende de sus dificultades y que todos somos necesarios.






Cristina Toscano Castillo

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