Un beso y suerte con el examan de Cone.
VAYA CUADRO.
A
Victoria nunca le había gustado ese cuadro. Su abuela se lo había
regalado hacía dos años con una nota, en la que le ponía: “cuando
mires en el fondo de este cuadro tu estado de ánimo cambiará”. En
el cuadro aparecían dos niñas y un niño en el campo jugando con
una pelota.
Acababa
de cumplir 12 años y sus padres le habían organizado una fiesta
fantástica. Pero Victoria no acababa de sentirse contenta. Al pasar
por delante del cuadro observó que los tres niños estaban tristes.
Observó con más detalle y de repente vió que una de las niñas
sonreía. Pensó, debo de estar volviéndome loca porque juraría que
esos tres estaban tristes.
Al
fin de semana siguiente, Mónica la hermana de Victoria, sin querer o
queriendo, nunca se sabrá, le había roto su trabajo de tecnología,
un circuito eléctrico precioso. Victoria estaba furiosa, nadie
parecía entenderla, todo le salía mal. Y de nuevo, ese cuadro
horrible. Quería romper algo de lo enfadada que estaba, y estando
mirando el cuadro y apunto de lanzarle un vaso con agua, se percató
de que el niño del cuadro le sonreía. Caray, pensó Victoria, otra
vez estoy viendo cosas raras.
Se
acercaba el festival de Navidad del colegio, y ella había estado
preparando con mucho entusiasmo su disfraz, iba a ser uno de los
renos de Papá Noel. Sin embargo, de nuevo un bote de pintura verde
con el que su padre estaba pintando el porche, se derramó y dejó al
reno verde como el musgo. Su irritación iba en aumento, cuando de
nuevo viendo ese cuadro observó que la otra niña del cuadro le
sonreía. Esto era de locos, un cuadro que siempre había odiado
porque los niños que salían en él estaban tristes y no le decían
nada, ahora parecía que estuvieran riéndose de ella. Estaban
contentos, pero por qué.
Recordó
lo que le dijo su abuela al regalárselo, “cuando mires en el fondo
de este cuadro tu estado de ánimo cambiará”.
Pensó
Victoria, vaya tontería, no sabía la razón pero aquel cuadro cada
vez le hacía prestarle más atención.
Se
sentó delante de él, y lo miró fijamente, al detalle, intentando
descubrir algún secreto misterioso, pero no. Empezó a reirse de
ella misma, de la situación tan ridícula en la que estaba. Niños
tristes que de repente me sonríen, vaya tontería.
Empezó
a recordar las cosas que últimamente le habían hecho enfurecer:
ese regalo de cumpleaños horrible, el circuito eléctrico chamuscado
por su hermana y el reno de color verde musgo. Era increible, si
realmente todo eso no había tenido la mayor importancia en realidad.
Se puede decir, que habían sido pinceladas de risa en una vida de
niña malcriada y caprichosa. No podía parar de reirse, qué
ridícula se sentía, pero a la vez que orgullosa de su abuela, al
haber entendido por fin el significado de su regalo.
Por
muy triste que nos podamos encontrar en un momento determinado,
siempre habrá algo o alguien que conseguirá cambiar tu estado de
ánimo. Sólo tienes que mirar fíjamente y lo encontrarás. Está
ahí, de verdad.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarZahira, me parece un cuento precioso y con mucho sentimiento.Tienes dentro de ti una gran escritora.
ResponderEliminarÁnimo y adelante que nadie pare tu creatividad.
Un beso
Amparo